Fumar
Fumar es increíble.
Te da sofisticación, un toque grunge, un aire hippie –si fumas de liar– o chic –si usas esos que son alargados y finos–. Te ofrece una excusa para salir de una reunión, o un espacio para hablar tranquilamente con gente en una fiesta.
Ganas dinamismo y puedes hacer pausas dramáticas en tu discurso cuando coges una calada (si a la vez entrecierras los ojos, para qué quieres más).
Fumar es caro, tener un cigarrillo en la mano viene a decir “no me importa tirar el dinero a la basura, puedo permitírmelo”, o bien “me gusta invertir en mis vicios”.
Fumar es todo lo que está bien, si no fuera porque es altamente cancerígeno, está directamente asociado con enfermedades cardiacas, causa adicción por eso de la nicotina, es una de las principales causas de muerte evitable, amarillea los dientes y bla bla bla.
Fue por estos últimos detalles que dejé de fumar hace unos cuantos años.
Oficialmente fumé poco tiempo, unos dos o tres años, diría yo, pero fumé muchísimo. Durante algunas épocas fumaba hasta dos cajetillas al día, eso son 40 cigarros (y diez euros por aquel entonces) diarios.
He fumado antes de desayunar, estando mala de la garganta, he ido a una de esas salas asquerosas para fumadores en medio de un aeropuerto donde te miras entre la neblina con los otros seres despreciables que tampoco soportan estar más de unas horas sin inhalar humo. He hecho mucho por el tabaco, ¿vale?.
Pero lo dejé. Exceptuando alguna salida nocturna y alguna ocasión puntual donde he dado algunas caladas (con su correspondiente mareo) lo conseguí dejar.
Desde entonces mi salud mejoró, mi ansiedad también, no me ahogo al subir unas escaleras, ni tengo una tos de camionero. Se cumplieron todas las cosas que me prometieron que ocurrirían una vez abandonara el consumo.
Y SIN EMBARGO.
Y sin embargo, aquí estoy, con ganas de fumar, tanto tiempo después.
Añorando el peso de un pitillo entre mis dedos. Romantizando la imagen del humo y la sensación de respirar lento, llenando los pulmones de esa nube espesa.
Echo de menos la idea de fumar, la versión cinematográfica y estilizada de hacerlo (no os recomiendo ver Mad Men).
No he vuelto, estoy ganando la lucha. Me mantengo firme respirando aire puro.
Me fuerzo a recordar el mal humor por la dependencia, el sabor a cenicero por las mañanas, el carraspeo constante, cosas que, por lo que sea, no echo especialmente de menos.
Pero, seamos honestos, no es el recuerdo de lo negativo lo que me está salvando: es la lactancia.
No querer intoxicar mi cuerpo para no intoxicar el suyo.
El embarazo, los embarazos, me quitaron el alcohol sin muchos dramas y ahora la lactancia está manteniendo mis pulmones sorprendentemente limpios y mis decisiones bastante sensatas.
Eso, y saber que puedo volver a hacerlo en el futuro. Hay algo profundamente tranquilizador en saber que, en teoría, podría volver a los 40 cigarrillos diarios, tirar felizmente por la borda los buenos hábitos y fingir que me importa un pimiento mi salud. Y es esa posibilidad la que me permite no hacerlo ahora.
Me identifico entonces como una fumadora en pausa, no como una “exfumadora”(¿alguien lo es del todo?). Una persona que, cuando tenga 80 años y nadie a quien pasarle el humo, volverá al vicio con cero remordimientos y una elegancia arrugada y totalmente pasada de moda. Y qué.
Feliz lunes.


Me ha gustado mucho tu post. Lo encontré mientras escribía yo algo sobre fumar para ver si había gente con ideas similares. Es diferente a lo que has escrito pero puede que te guste leértelo. Es sobre si fumar se puede considerar revolucionario.
Puede echarse un pitillo de vez en cuando sin tanto drama. Aunque sin drama, ¡de qué íbamos a escribir!